martes, 8 de octubre de 2013

RELATO: "Lupo, espero que me perdones"

RELATO: "Lupo, espero que me perdones"

Escrito por  Ángeles Torres
Domingo, 06 Octubre 2013 19:33

Hacer el bien a veces es tan complicado que no dejas de plantearte si en realidad has actuado mal. Llevo diez días de dudas, de inmensas dudas. Y un nombre que se me viene a la cabeza: Lupo. He aquí la historia que me tiene conmocionada, obsesionada, abatida y sobrepasada.

Lupo apareció un día en un parque de Alcalá. Una de nuestras voluntarias de APAMaG se fijó en él y se dio de bruces con la realidad: este peludo, con apariencia de cachorro y sociable con otros perros, se sentía aterrorizado por la presencia del ser humano. Se acercaba a jugar con los otros perros del parque, pero no toleraba la presencia de una persona a menos de tres metros. Salía huyendo. Paqui, nuestra voluntaria, se iba con el alma rota en pedazos cada día que pasaba y no lograba cogerle. No sabía si al día siguiente volvería a encontrarle en el mismo parque.
Poco a poco comenzó a ganarse su confianza. Gracias a la comida y a la calma de Paqui, Lupo cada día se acercaba un poquito más. Pero era imposible atraparle para buscarle un hogar. El peludo siempre estaba alerta, miraba con desconfianza y cada vez que veía algo extraño daba un respingo y salía huyendo.
Paqui comenzó a reunir información sobre él. Dónde dormía, dónde comía… Por las mañanas le solían ver en distintos parques de Alcalá o rebuscando alimento en algún contenedor de algún barrio más o menos cercano. Pero cada día, en torno a las siete de la tarde, regresaba al que ya se había convertido en su punto de encuentro para jugar con los perretes. Paqui sabía que alguien le había curado un ojillo que había tenido malo, pero no lográbamos localizar a la única persona en la que, quizás, Lupo había confiado.
Yo, que quizás me creía más lista que nadie (qué atrevida es la ignorancia), me planté una tarde en el parque con un paquete de salchichas. Estaba convencida de que le iba a coger. Logré que Lupo comiera un par de trocitos que le había lanzado, pero nunca pude acercarme a menos de tres o cuatro metros de él. Me sentí muy frustrada, y Paqui más que nadie porque cada día tenía que dejarle allí, solo, cuando regresaba a su casa y sin saber si le volvería a ver.
Los peligros y los miedos comenzaron a multiplicarse. Si Lupo se buscaba la vida significaba que cruzaba carreteras y que le podían atropellar. Si comía por ahí, le podían envenenar. Si le pillaba un malnacido… Encima la Policía Local estaba detrás de él. Si le cogían, iría directo a la perrera. Y todos sabemos lo que es una perrera.
Desesperadas, acudimos a Rescatadog. Es una organización formada por voluntarios que se dedican a ayudar a coger a perros callejeros para que tengan una nueva vida. Un sábado de finales de septiembre, cuando aún no había amanecido y tras otros dos días de intentos, nos plantamos en el parque. Mariví instaló la jaula trampa e intentamos atraer a Lupo hacia ella. ¿Cómo? Con ayuda de comida, siempre la comida, y de otros perros. Porque Lupo es desconfiado, pero también juguetón. El primer acercamiento a esa casa de hierro que para nosotros era la salvación fue un fracaso. Lupo se mostró muy, muy desconfiado y se fue. Llegó un segundo varias horas después y se acercó más a la jaula. Empezamos a tener esperanza en que ese mismo sábado, ese primer sábado de frío y lluvia de este otoño, le sacaríamos de la calle. Pero volvió a huir.
Mariví, Maite, Paqui, algunos de sus amigos del parque, Dani y la pequeña Nala… Todos estábamos concentrados en salvar a ese peludo marrón que nunca se dejaba acariciar. En el tercer intentó apenas se aproximó y se fue a la otra punta del parque. Dani, Nala y yo fuimos a buscarle y, ayudados por algunos vecinos de la zona y sus perretes, fuimos atrayendo a Lupo de nuevo a la jaula. Dani hizo que su perra Nala entrara en la jaula. La peque comió un poquito y salió. Y entonces nuestro peludo marrón empezó a acercarse a la jaula siguiendo el ejemplo de la canijilla.
¡Entra, entra!. Iba casi rezando en voz muy bajita. ¡Vamos, entra! Lupo se introdujo en la jaula acercándose al plato de comida que había en su interior. La puerta, activada a distancia, no se cerraba. ¡Vamos, ciérrate! Y ¡clac! La puerta cayó por fin. En esas décimas de segundo experimenté tal felicidad que estuve a punto de echarme a llorar. Mariví nos explicó que no puede activar la puerta hasta que el peque esté dentro, ya que tarda un segundo y medio en cerrarse y puede pillarle. Seis horas después de haber comenzado, le teníamos. Lupo comenzó a golpearse contra las rejas. Se hizo una heridilla en la cabeza y otra en el morro. Después se tumbó y entró en shock. Nos agachamos, le hablamos en voz bajita, le acariciamos… Lupo no reaccionaba. Miraba sin ver, estaba muy quietecito…
lupo
Lupo en la jaula-trampa
No sé cómo ni de dónde apareció un hombre. En un mal castellano le entendimos que Lupo llevaba unos cuatro meses abandonado. Que alguien le dio una paliza y que por eso tenía el ojo dañado, tiene una especie de nieblecilla en el derecho. Le entendíamos que le habían pegado mucho porque quería comida. Y que Lupo tenía mucho, mucho miedo. Efectivamente, él fue quien le había curado el ojo, pero no acertamos a entender cómo. Lo importante es que Lupo ya estaba a salvo.
¿A salvo? Gracias a Pablo, un tipo con un corazón tan enorme como su amor por los animales, nos llevamos a Lupo, todavía en estado de shock, a una residencia canina. Un par de días después, le llevamos al veterinario. Como era de esperar, no estaba chipado. Cuando mis compañeros me enviaron el vídeo (adjunto en esta entrada) de Lupo caminando, no pude evitar echarme a llorar. ¿Qué narices había hecho? Le había quitado la libertad a este perrete tan aterrorizado que no era capaz de dar dos pasos seguidos, que no dejaba de temblar y que cuando lograba hacerlo volvía a su ‘ausencia’ de este mundo.
Siguiendo una serie de pautas, esta semana hemos empezado con su terapia. Lupo sigue aterrorizado, aunque se ha dejado tentar por alguna chuche y se ha acercado un poquito a mí. Pero no he logrado que ande. Si le pongo la correa, Lupo se vuelve ausente. Tengo tantas ganas de darle un achuchón para que entienda que nadie más va a volver a hacerle daño...
Lupo nadie más va a pegarte, ni vas a volver a pasar frío, ni a quedar empapado por una tormenta, ni tendrás que esquivar coches para acercarte a un contenedor para lograr comer algo, ni te vas a poner enfermo porque nadie haya querido cuidarte. Espero que algún día te compense todo esto.
Y en esas me encuentro a la hora de escribir estas líneas desordenadas y abiertas en canal. Desesperada por encontrarle una casa de acogida a este peque para que de verdad pueda empezar a evolucionar, a entender que no todos los seres humanos son malos. Todo se complica, porque, además, necesitaríamos una casa de acogida con experiencia en perros con traumas, dispuesta a seguir unas pautas, verdaderamente concienciada.
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Lupo en su chenil en la residencia
Este peque tiene unos ocho meses y es de tamaño medianito. Debería estar jugando y no aterrorizado. Lupo nunca ha mostrado un signo de agresividad con nosotros, solo entra en shock, se tumba y ‘desaparece’. Estoy convencida de que si fuera un avestruz, escondería la cabeza en la tierra deseando que nadie le viera.
Yo no puedo dejar de verle en mi mente, a cada momento. Ojalá no tenga que odiarme nunca por haberte robado lo único que tenías, la libertad. Ojalá, aunque ya tengo dudas.
Formas de contacto:
@angelestorreslo
angelestorres@diariodealcala.es
acogidas@apamag.org
www.apamag.org

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